‘Campo de Retamas’ gana el concurso de la Comunidad para diseñar el nuevo Hospital La Paz

MADRID | MEMORIA HISTÓRICA

83 años de “La matanza de Paracuellos”, el crimen que siempre olvida la izquierda

El Gobierno republicano diseñó la que llegó a ser la mayor matanza de la guerra civil, a escasos kilómetros de la capital, en noviembre de 1936, perpetrada por milicianos del Frente Popular -socialistas, comunistas y anarquistas- al más puro estilo de la Rusia estalinista. Casi 5.000 personas, entre ellas 276 menores, fueron asesinadas.

Una de las mayores ignominias que se dieron en la zona republicana durante la Guerra Civil se produjo en Madrid con la matanza de Paracuellos del Jarama. El Gobierno republicano diseñó la que llegó a ser la mayor matanza de la guerra civil, a escasos kilómetros de la capital, en noviembre de 1936, perpetrada por milicianos del Frente Popular -socialistas, comunistas y anarquistas- al más puro estilo de la Rusia estalinista.

En aquel momento, el 7 de noviembre, el Gobierno del Frente Popular, ante la cercanía de las tropas de Franco, abandonaba Madrid huyendo camino de Valencia donde se establecería hasta el final de la contienda. La capital de España quedaba regida desde entonces por una Junta de Defensa dirigida por el general Miaja como jefe militar, pero, por debajo de ese mando, las Juventudes Socialistas Unificadas se habían hecho con el control político de la seguridad y el orden público. Ese mismo día, las juventudes socialistas, dirigidas por Santiago Carrillo, se habían pasado en bloque al Partido Comunista. Y éste, siguiendo instrucciones directas de los agentes de Moscú, destacando especialmente el consejero soviético Mijail Koltsov, era ya el auténtico poder político en la capital de España.

Santiago Carrillo en ningún caso podía alegar que desconocía estos hechos, pues varios políticos de la República y representantes internacionales intentaron mediar para frenar las ejecuciones, entre los más destacados, reseñar al cónsul de Noruega, Félix Schlayer

Estas ejecuciones masivas se prolongaron durante cerca de un mes, a partir del 6 de noviembre de 1936 y hasta el 4 de diciembre, segando finalmente la vida a casi 5.000 personas. En la noche del 6 de noviembre, y madrugada del día 7, ya bajo la responsabilidad de Santiago Carrillo como consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, se inician las primeras "sacas": traslados de presos que, en grupos de 400 o 500, son conducidos a Paracuellos de Jarama para ser fusilados; teniendo como objetivo evitar que fueran liberados cuando las tropas de Franco llegaran a Madrid. Documentado queda cómo la primera “saca” estuvo diseñada por el entonces huido gobierno republicano con el socialista Largo Caballero al frente.

De las cárceles que nutrieron las “sacas” iban a salir militares, abogados, médicos, escritores y funcionarios que de inmediato formarían la elite de la España de Franco. Por eso había que eliminarlos. ¿Y cómo saber quién era quién en la abundante población reclusa de aquel Madrid? Era fácil: el ministro de la Gobernación, Galarza, antes de fugarse, había dejado en las cárceles los ficheros con todas las identidades de los presos. Los milicianos, excitados por la idea, pusieron manos a la siniestra obra.

La checa de Fomento

La checa de Fomento

Ya el 7 de noviembre, tras la noticia de los primeros fusilamientos registrados la madrugada anterior, el cónsul de Noruega, Félix Schlayer, se había dirigido personalmente a Santiago Carrillo para pedirle que frenara estos asesinatos y garantizara la seguridad de los presos. Pero el joven líder de las Juventudes Socialistas le respondió airadamente que los presos no corrían ningún peligro. Los fusilamientos se habían iniciado sólo unas horas antes. Finalmente, Schlayer supo por el propio Carrillo del asesinato de su amigo Ricardo de la Cierva, padre del historiador del mismo nombre.

De la logística del traslado de presos y los fusilamientos se encargó el Comité Provincial de Investigación Pública (conocido como la checa de Fomento), bajo la responsabilidad de Santiago Carrillo y su número 2, Segundo Serrano Poncela, al que había nombrado director general de Seguridad.

“Nos matan, nos matan”

De entre los muchos miles de personas que perecieron en aquellas “sacas” destacar al dramaturgo Pedro Muñoz Seca, dramaturgo ilustre y español cabal, cuyo nieto, Alfonso Ussía, desvelase tiempo atrás las circunstancias de su asesinato.

Pedro Muñoz Seca acaba de tener una breve entrevista con el director de la Cárcel de San Antón, el antiguo caserón del colegio de los Escolapios, reconvertido en prisión, que le confirma lo que ya todos sospechan. Que las órdenes de traslado a Chinchilla o a San Miguel de los Reyes son la contraseña que cubre la palabra "paredón".

Es el 27 de noviembre de 1936, su juicio, farsa en realidad, había tenido lugar el día anterior. “Me lo podéis quitar todo, menos el miedo que os tengo", se le escucha decir al comediógrafo en la sala donde se celebra la vista. Pero, al final, al oír la sentencia, rectifica “No. Hasta el miedo habéis conseguido quitarme…”.

Muñoz Seca afronta la muerte, que intuye próxima, como lo que es: un católico sin estridencias, padre de nueve hijos y marido enamorado. Su delito, ser monárquico, de derechas y ese inigualable sentido del humor que levanta ampollas en los soberbios marxistas, constructores del “hombre nuevo”, ése que Muñoz Seca sabe, y lo cuenta, siempre será el mismo. No quiere, por supuesto, morir. Pero se resigna y se prepara.

Esos días, con la maquinaria de asesinar puesta a toda marcha por la Junta de Defensa de Madrid, menudean las confesiones en las galerías, en el patio donde una vez gritaron y rieron los escolares y en las propias aulas, reconvertidas en celdas. Sacerdotes, desde luego, no faltan.

Allí, con Muñoz Seca, están presos, entre otros religiosos, los hermanos de San Juan de Dios y los 55 frailes agustinos de El Escorial, los que fueron profesores de Manuel Azaña y por quienes el presidente de la República no movió un dedo.

Ussía, que ha investigado a fondo la vida y, sobre todo, la muerte de su abuelo, supo de su serenidad y hombría de bien por quienes compartieron con él la prisión.

– La leyenda tan extendida –nos dice– de que murió haciendo chistes es completamente falsa. Sufrió mucho en la cárcel, pero mantuvo la dignidad y la bonhomía de su carácter. Siempre trató de levantar el ánimo de sus compañeros y, eso sí, tuvo que sufrir bromas rastreras de sus carceleros.

Y es que detrás de esa leyenda –creemos nosotros– del humorista que ejerce como tal hasta en el borde de la fosa hay una especie de descargo moral, como de quitarle importancia al hecho de que se había asesinado a un hombre y, además, inocente. Pero no.

Si prospera la causa de su beatificación, Muñoz Seca será un buen abogado del bien morir, de la conciencia plenamente asumida y de la fe en la Resurrección. “Cuando recibas esta carta –escribe apresurado a su esposa– estaré fuera de Madrid. Voy resignado y contento. Dios sobre todo”.

Su último texto nos dice que el reo tiene la certeza de su suerte, pero que, aun así, brinda al amor de su vida, a su “ángel bueno”, una brizna de esperanza: “Y si Dios tiene dispuesto que no volvamos a vernos, mi último pensamiento será siempre para ti”. Y la posdata: “Como comprenderás, voy muy bien preparado y limpio de culpas”.

Uso de cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y nuestros servicios al usuario. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra política de cookies. CONSENTIR - RECHAZAR - VER MÁS